dilluns, 25 d’octubre de 2010

La alameda del río


Mis amigas de la ciudad militar por definición, la que tiene el mayor numero de estudiantes de carrera militar, siempre decían que no hay nada como que en un domingo por la tarde de primavera un cadete de la academia militar con su traje de gala te lleve del brazo de paseo por la alameda del río.


Cuando he visto la fotografía de este rostro que roza con la punta de los dedos la perfección del cincel de la escultora madre naturaleza, que cuando se pone borde saca piezas del horno como la muestra esta, pues bien viendo esta sublime imagen uno que es muy fantasioso se ha revestido de blancas muselinas de los años 60, un abrigo de verano de piqué color verde agua y con los guantes blancos ha esperado que el cadetito llamase a la puerta de la casa, dos veces, no era función de que me viese la impaciencia en las pupilas, bajé los seis escalones hasta alcanzar la calle y el guapo mozo me daba la mano con suavidad no deseada.


Seguimos calles abajo hasta encontrar el río y de allí directos a la alameda para poder encontrar unos asientos en los veladores de ‘Pavillon’ cerca del río pero lejos de las miradas de mis amigas, siempre envidiosas de la belleza del mozo que me he ligado, ellas también llevan un uniforme de gala atado a sus enaguas pero el relleno del disfraz no es tan agraciado como el que ahora mismo me esta rozando con la pernera de su pantalón los nylones de mis piernas, dejo mis compañeras de instituto en paz para poder gozar el intimo momento de entreabrir mis muslos para notar aquella huesuda y poderosa rodilla que casi roza mi vulnerable centro de mis gozos.


Quiero imaginarme unos años más tarde dormida a su costado, con la cabeza rozando los suaves pelos de su vello pectoral, adoro las cosquillas que me hacen en los oídos y hasta, a veces, en los orificios de mi nariz, su poderoso pecho es tan calido y acogedor que levantar el cuerpo para las diarias tareas son castigo de los dioses. Antes de levantarme siempre me roza con los labios los míos y aunque no dice buenos días con palabras sus labios y sus manos lo desean vehemente.


Estos labios son diversos a los que cada noche buscan con impaciencia mis besos ahogados en el furor de la carne y estos labios de fuego que extraen de mis ingles los secretos más íntimos que ni yo misma podré conocer jamás y que generosamente dejo que me los robe para que luego me premie con estas fustigaciones del látigo del amor, temblor infinito de húmedos deseos.


Llego ahora a la cita con el teniente coronel diecinueve años más tarde, las estrellas que ganó en oriente no han cambiado para nada la perfección de su mirada, sus labios son más rígidos y severos pero igualmente apetecibles, su pecho herido es si cabe aún más entrañable, su belleza acrecentada es todavía primer premio en cualquier concurso no realizado.


Todo sigue igual con la pequeña excepción de que es ahora una muchacha de 20 años a la que llaman Maria Isabel la que recibe las acogidas, los abrazos y los besos cada tarde en un piso de soltera frente a la alameda del río.